El virus viajero – Una enfermedad que te salva la vida.

Cuando comenzamos un viaje, el primero que hacemos y el que nos contagia de esta enfermedad, también comenzamos una nueva vida, nuestro nuevo yo, nace con este acontecimiento.

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Paseando en lancha en Vietnam

Cada viajero nuevo que nace, se da cuenta en seguida que lo que quiere hacer es seguir viajando, piensa todo el tiempo en que lugar nuevo desea conocer, incluso comienzas a planear un viaje cuando estás en el trayecto de vuelta del que acaba de concluir.

Dejas de pensar que harás el siguiente fin de semana y te enfocas en lo que estás haciendo en este preciso instante, tu mente se llena de cosas como, en dónde dormiré esta noche, cuánto podré ahorrar en la comida de hoy o te mantienes ocupado viendo los mapas y las diferentes maneras que tienes para llegar a la siguiente ciudad, la emoción de no tener idea de lo que te espera al bajar del siguiente autobús, o del siguiente barco, o del siguiente tren… me encanta esa sensación desde el momento que las turbinas del avión encienden, amo volar y amo la sensación de que en unas horas estaré en un lugar desconocido, con costumbres nuevas y a veces idiomas nunca antes escuchados, no me gusta la sensación de despedirme de personas increíbles que he conocido en cada viaje, pero es algo que debo sentir y es el precio para lograr que cada día sea diferente al anterior.

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Sorprendiendome en Ayutthaya

Dejar atrás todo lo que conoces, aunque sea por un tiempo corto puede resultar un poco temeroso, pero eso se disipa rápidamente, te das cuenta de que todo es nuevo, es como ver el mundo por primera vez, salir de tu rutina diaria, de los caminos que conoces, la gente que saludas a diario, ese lugar donde tanto te gusta comer, hace que prestes mayor atención a todo eso que te está rodeando, todo eso que es nuevo, y es como cuando un niño se acerca a tocar aquello que nunca ha visto para saber de que es, a que huele, si es posible a que sabe, es ahí cuando estás viviendo algo que jamás se repetirá y estás consciente de que es así y entonces nada más importa y tratas de llevarte lo más que puedas de ese lugar, porque estás ahí y sabes que quizá no regreses nunca más.

Para ser sincero he olvidado muchas de las cosas que pasaron en mi vida cotidiana de apenas hace tres semanas, pero quiero recordar que estuve aquí, no quiero perderme ni un solo detalle, quiero revivir este momento cada que cierre los ojos.

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Explorando Camboya

Hay cosas maravillosas que sólo puedes vivir viajando, todas esas emociones generadas por no saber lo que pasa, por no saber con que se come algo, o sentirte raro cuando conoces a alguien y saludas de beso y piensan que los vas a agredir porque en sus países no suelen hacer eso, pequeñas costumbres que al poco tiempo comienzas a hacer tuyas, te sientes totalmente ajeno al lugar, pero después aprendes algunas palabras y las usas, ya lo único ajeno es tu apariencia, porque no eres físicamente igual a los que te rodean.

He de ser honesto, no me gusta encontrarme con gente de mi país, no lo mal interpretes, me emociona saludar a un mexicano cuando lo veo, compartir lo que ese día nos pasó y consejos, pero lo que más deseo en cada viaje es olvidarme de mis costumbres y si se puede, también de mi idioma y aprender lo más que pueda de una cultura nueva, evitar comparar lo que es ordinario para mí con lo que es para ellos, y tratar de interiorizar todo como si estuviera siendo educado una vez más para vivir en este nuevo sitio.

Todo esto desprende cosas nuevas para ti y para la gente local, tu te detienes a mirar con asombro aquello que te es nuevo, y ellos se detienen a mirarte asombrados porque no entienden que nunca habías visto hacer algo tan cotidiano en su día a día. A todos nos ha pasado, yo mismo he mirado con gracia cuando la gente de otros sitios se detiene en México a tomarse fotos a lado de un trompo de carne al pastor. El día a día es totalmente diferente para cada cultura.

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Bangkok, una ciudad enorme!

Al conocer lugares nuevos lo que más aplica es la tan citada frase “A donde vayas, has lo que veas” o como generalmente la escuchamos “a donde fueres haz lo que vieres” y si, esto funciona muy bien, claro, todo es diferente para cada región, hay cosas que no olerán bien, no se verán agradables o su sabor será demasiado, no quiero decir malo, lo que para unos es delicioso para otros pudiera resultar no tan sabroso, incluso habrá cosas o lugares que te resultarán incomodos y no podrás creer que sea confortable para las personas que viven ahí. No es nada malo, la verdad hace que entiendas muchas cosas porque gracias a esto te integras e incluso muchas grandes platicas comienzan con un “y porque de esto o aquello”, yo no me explico porque en un lugar tan caluroso te sirven de desayunar una sopa muy caliente… bueno, por algo será.

Una de mis reglas personales al viajar es no repetir destinos, me va a faltar tiempo para visitar todos aquellos lugares en donde quisiera poner mis pies y dejar mis emociones, y bueno, ojalá todo fuera solo desear, también me faltará dinero para llenar mi mente de tantos recuerdos que quisiera tener al final de mi vida. Sin embargo, hay lugares que se quedan tan profundo, dependerá de lo que pasó cuando lo conocí o de que tenía expectativas diferentes o el trato que recibí o los limites que me había impuesto y que pude superar, me gusta pensar que aquel lugar del que me enamoré será mi hogar en algún momento de la vida.

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La capital camboyana, un orden dentro del caos

Queremos inmortalizar cada instante, cada lugar, pero las cosas cambian, los lugares cambian, la gente lo hace, incluso nosotros, somos uno al empezar el viaje y cuando termina dejamos ese ser atrás y damos camino a uno nuevo, cada vivencia es maravillosa, incluso las que en su momento pensabas que no lo eran, a poco no son los peores momentos los que contamos más seguido y siempre con una emoción que transmite ganas a los demás de enfrentarse a algo así de increíble.

A veces la vida de un viajero es contradictoria, cuando estamos en nuestro país, en nuestra cotidianidad queremos desconectarnos de todos los que conocemos, de todo eso que nos comienza a saturar, queremos una pausa, pero ahora que estoy de viaje me gusta platicar con mis amigos, compartir fotos y saber que es lo que está pasando con ellos y con las cosas a las que estoy acostumbrado, se que a todos nos pasa, hablamos más con nuestros amigos cuando estamos a miles de kilómetros que cuando solo nos separa un taxi de distancia.

Hay cosas maravillosas que dejamos pasar y que acontecen día a día, hoy mi único objetivo es despertar lo más temprano posible para ver el amanecer, imaginando toda clase de posibilidades, disfrutando los colores, la calma, sin presiones, admirar y pensar en todos esos amaneceres que me he perdido.

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Amanecer en Angkor Wat

Moverme de ciudad en ciudad y en los transportes locales me hacen sentir parte del lugar, me hacen pensar que no sólo esteré unos días sino que soy un habitante más, es curioso, naces siendo uno y vas cambiando conforme pasa el tiempo y experimentas cosas nuevas, cuando era niño no podía hacer trayectos de mas de una hora sin sentir el estomago revuelto, ahora puedo tomar autobuses de 14 horas, a veces sin baño a bordo, otras tantas bajando en la madrugada a esperar que el conductor tome una cena mientras los demás esperamos en el frio, no siempre es cómodo, pero son cosas que alimentan la vida, se que habrá personas que pudieran pensar que es horroroso planear trayectos así, asientos duros, trasportes que brincan de un lado a otro, si, pudiera pensar que es fatal, pero lo amo.

Salirte de los caminos marcados, visitar cosas que no esperabas, descubrir sitios que no están en la guía, cuando te pierdes es cuando te pasan cosas que finalmente son las que te hacen conocer un país, y claro, conocerte a ti. Estoy seguro que todos coinciden que viajar de un punto a otro en avión es lo mejor, pero cuando viajas por tierra hace que estés presente en todo eso que esta pasando, todo eso que hace a un país, es asombroso.

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Nuevos amigos, nuevas historias…

Cada persona tiene su propia percepción del mundo, y por supuesto no todas comparten eso que yo pienso, veo, o siento, para algunos soy inestable, un loco que nunca formalizará algo, una pareja, una familia y que pierde el tiempo que tiene, para otros soy aventurero, se identifican porque en algún momento han querido soltar todo lo que conocen e irse y no se han decidido a hacerlo. Para mi el hecho de sentarme a ver como pasa la vida desde un solo lugar es renunciar a todos mis sueños, a mis anhelos, a mi hambre de conocer, de vivir, de mantenerme conectado conmigo y no dejar que la vida se me vaya, he conocido todo tipo de personas, viajeros solitarios, parejas, gente que viaja con sus hijos dando la vuelta al mundo, gente que está en un viaje de ensueño y que al regreso a casa los esperan sus muy importantes trabajos y puestos, otros que solo están con lo que necesitan en ese momento y créeme, su mochila no solo está llena de ropa, también de todas sus ilusiones. Si, de vez en cuando extraño a alguna persona en particular y desearía me pudiera acompañar, puedo imaginarme casado en 20 años, quizá algún hijo conmigo, porque no, dos, pero seguramente seguiría con este viaje, compartiendo todo aquello que me hace feliz y esperando que lo disfrutaran conmigo.

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Es confuso, vivo soñando despierto, y eso es una carga que no es tan fácil de llevar, a veces desearía ser como esas personas que son felices con sus trabajos estables, con su casa, sus hijos o sus mascotas, no les hace falta más que sus vacaciones anuales a aquella casa de descanso, simplemente son felices, yo no lo soy tanto, me gustaría vivir en ese sitio que existe en mi cabeza, esa ciudad creada de tantas experiencias de los lugares donde he estado y de los lugares donde aún quiero estar. Esa sensación de no estar a gusto en ningún lugar porque necesitas estar en otros, esa necesidad de no estar atado a un solo lugar, es una enfermedad… si, una enfermedad que te salva la vida…

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