Viajar ¿es curativo?

Una de las cosas que no me gusta de mi es que suelo ser de pocas palabras y muchas emociones, estas difícilmente las muestro. Dentro personas “serias” existe una tormenta que no sabe cómo salir. Por experiencia sé que la gente que expresa poco es porque siente mucho.

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Cuando decidí tomar mi primer mochilazo fue porque quería irme a un lugar donde no tuviera recuerdos (de hecho aquí nació mi pasión por viajar), donde todo fuera nuevo, un libro por escribir sin hojas con alguna pizca de nostalgia.

Le dije a mi entonces jefe que me iría de viaje. Más que un permiso era un aviso de ausencia. Si lo aceptaba regresaría después 15 días, si no lo aceptaba ya no regresaría. Mi decisión estaba tomada.

Partí a Europa un lunes por la noche. Armé todo un itinerario lleno de lugares exóticos, tranquilos y mágicos, con un toque medieval. Todo era espectacular, grandioso, soñado y lleno de emociones nuevas.

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Desde que llegué comencé a notar que el yo que conocía hasta ese día de mi vida se había quedado en casa, estaba en un lugar que jamás pensé visitar, en un sitio donde la gente es diferente y la comida es algo nuevo. Todo aquello negativo que me la había pasado diciéndome, las cosas de las que pensé no sería capaz de hacer o el idioma que según yo no entendería fue gradualmente desapareciendo.

Mientras los días pasaban y mi autoestima y seguridad crecían me fui percatando de paisajes nuevos, de colores en el cielo que tenemos en todas partes y que solo estamos dispuestos a observar cuando le permitimos a la calma entrar un instante a nuestra cotidianidad, estaba tan lejos de mis “problemas” y tan lejos de todo lo que conocía que irremediablemente la nostalgia se hizo presente, pero era una dosis de realidad, algo que me decía que no escapara de mis asuntos, sino que debía aceptarlos y enfrentarlos.

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Cuando faltaban pocos días para regresar y mis llamadas a México comenzaron para retomar mi vida, sentí que todo estaba regresando a la normalidad y que todo seguiría siendo igual, pensé que el viaje había sido un desperdicio y que eso de que te cambia la vida era una poesía que dicen las agencias para engancharte a pagar una salida.

Después, cuando volví, cuando miré todo, aunque seguía siendo lo mismo, definitivamente yo ya no era quien se había ido, cada relato era tan efusivo, alegre, lleno de pasión, al grado de comenzar a contagiar de esa buena onda a los demás y motivarlos a experimentar algo que pudiera hacerlos sentir como lo estaba haciendo yo. Fue el momento en que descubrí que viajar no es solo escaparte o tomarte una foto bonita, viajar es vivir, alimentar tus emociones y descubrirte a ti mismo.

“Si te pasa algo malo, viaja para recuperarte, si te pasa algo bueno, viaja para celebrar, si no te pasa nada, viaja para algo pase”

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